domingo, 12 de octubre de 2008

ESPERANZAS, FRUSTRACIONES Y UN CUENTO CON OLOR A CRIMEN



Por Juan Pedro Lührs B.

Era la tarde-noche del 01 de Octubre, y “Juanito” se encontró con su viejo amigo “Sandía Grande”. No se veían desde hace varios años, por lo que el saludo tuvo mucha emoción: un abrazo apretado y un leve beso en la mejilla fueron las mutuas muestras de aprecio.

Ellos se habían conocido en el verano del 99, cuando por cosas de la vida, trabajaron juntos en el Sur cosechando los frutos de la época. Pero acabada la temporada se perdieron la pista y no se vieron más.

Ambos emigraron por su cuenta a la capital en busca de mejores oportunidades y, quizás, el amor. Oportunidades tuvieron, pero no mejores que las de su tierra natal, vivían de los “pololos” y uno que otro “trabajito de urgencia”, eufemismo que Juanito utilizaba para dignificar sus esporádicos robos.

Los dos convivían, no tenían ganas de comprometerse con papeles de por medio: “el amor es uno sólo, con o sin firma”. Decía Sandía Grande, quien compartía su vida junto a Carmen, mientras que su amigo lo hacía junto a Juana, cosa que les valió el apodo de “Los Juanes” en el barrio.

Pero de todos modos eran padres. Juan tenía una hermosa niña llamada Camila de 3 añitos, y su gordo amigo, dos críos, Orlando, al igual que él, de 5, y Manuelita de 2. El único en edad escolar era “Landito” y estaba matriculado, pero la situación de su familia provocaba que se presentara tarde, mal y nunca a las clases.

Orlando papá vivía donde sus suegros, mientras que Juanito sólo tenía para arrendar una pieza en el Sur de la capital.

Pero, a pesar de sus condiciones, ambos eran desprendidos, así que al verse, enfilaron inmediatamente hacia un pequeño bar para compartir unas chelitas.

Hablaron largo y tendido, haciendo durar lo más posible las cervezas para que no los fueran a echar del local. Se contaron las vidas, ambiciones, frustraciones, las penas de no poder dar un mejor pasar a sus hijos y de cómo han intentado por todos los medios de alcanzar esa meta.

Dieron las 12:00 a.m. y decidieron irse, pero con el compromiso de juntarse al día siguiente.

En la mañana de 02 de Octubre, Sandía Grande pasa a buscar a Juan y le dice: “Mira esto”. Abre su mano y le muestra un “miguelito”, a lo que Juanito responde: “¿Y pa’ qué chucha sirve esta weá?”. Orlando agrega: “Pa`mejorar un poquito nuestra vida po’”. Y le explica su plan.

La idea era arrancar un cajero automático. Para eso ya tenían una camioneta y las ganas, era arriesgado, pero cuando nada se tiene, poco se arriesga.

Y dio el 11 de Octubre, era de madrugada y, luego de varios días de “sapeo”, ambos decidieron que la mejor opción era uno ubicado en el Banco de Chile, frente a una pizzería, pues tenía poca protección y las vías aledañas facilitaban el escape.

Primero se acercaron al local de comida rápida e intimidaron a los locatarios: “no me mirí conchetumare, ¡no me mirí o te mato!”, gritaba enajenado el gordo. Juan, asustado, calmaba a las víctimas diciendo: “no te querimo’ hacer ná, pero no nos obliguí a pegarte”. Cuando sacaron el botín, fueron al pez gordo, el cajero.

“¿Cómo chucha sacamo’ esta weá?”, preguntaba Juanito desesperado. Orlando le ordena: “¡péscalo de abajo y ayúame a tirar pa’rriba!”. Lo sacan de raíz y lo ponen sobre la camioneta. Juan está arrepentido, acaba de percatarse de que su vida puede cambiar drásticamente con un robo tan grande, pero la adrenalina y el deseo de cambiar el destino con este dinero le producen sentimientos encontrados, quiere llorar, pero ríe.

Sandía Grande mira para atrás y su rostro cambia, pero sólo un poco, menos de lo que se afectaría cualquiera percatarse de que viene la policía tras ellos y que esto le puede costar la libertad.

“¡Juan! ¡Toma la mochila que está en tus patas y tira los miguelitos! ¡Pero rápio culiao!”. Éste hizo lo que se le ordenó y vio, en primera fila, cómo las patrullas perdían el control. Era sensible y pensaba en qué les habría pasado a los carabineros, si alguno se habría herido o matado.

El viaje se hizo largo, pero llegado un momento, Orlando para el auto y se baja. Pide ayuda para sacar el cajero de la camioneta y desarmarlo. Hecha la labor enfilan a sus casas, toman sus cosas, a su familia y, felices, exclaman “¡volveremos al Sur!”.

La fuerza pública los busca y posiblemente los encuentre, pero vivieron una aventura y se sentirán importantes cómo nunca en su vida. Quieren dar a los suyos, aunque sea por unos días, todo lo que siempre quisieron. Desean vivir en un cuento, corto, pero a la vez mágico.

LEAD:

Roban otro cajero automático en La Florida
Los delincuentes lanzaron "miguelitos" a la patrulla policial que los perseguía, y lograron huir.

1 Comment:

Anónimo said...

Me gustó mucho esta historia, probablemente porque despliega una serie de imágenes sumamente reales de la vida de la gran mayoría de las personas: los recuerdos de un pasado que siempre es mejor, las ganas de hacer surgir a la respectiva familia, y muchos otros elementos que aquí logran darle fluidez al relato.